Creo que será mejor quitar las pipas a la sandía para poder dar bocados sabrosos, quizás de esa manera pueda volver a sentir el verano, dónde los castillos eran de arena y no creados en las nubes. ¿Será la hora de sentir el sabor de la sandía en pleno invierno y no tener remordimientos por ello?
Porque hay veces que se siente miedo al ser feliz.
Me repito, estoy dispuesta a disfrutar con cada bocado aunque para ello tenga que quitar una a una cada pepita.
Con los últimos traqueteos del alma que José siente en las noches se despierta, en una base de nostalgia y suspiros que se evapora con los primeros minutos de la mañana.
Se levanta como cualquier lunes temprano, como quien tiene una apretada agenda para el resto del día. Se acicala de domingo o como si fuera ir al banco y necesitara causar una buena impresión. Pero, como cada día, se peina y se queda sentado en su hamaca orientado hacia la ventana. Cuando salgo de casa, él está con la mirada perdida, en silencio, creo que lleno de palabras huecas o perdidas que intenta ordenar en su mente. Sólo algunos días levanta la vista y después de unos segundos me sonríe y saluda como si me hubiera acabado de conocer. (Sé que durante esos segundos no sabe quién soy, hasta que me ubica). Creo que se niega a inundar los minutos y a rellenar las horas como si ya no valiesen. Les da valor a esas primeras horas de las mañanas atento a todo lo que acontece como si le produjese miedo, respeto y desconcierto todo lo que se sale de una rutina normal. Me contó una vez que se queda atento a quién sale y entra, como un papá nos vigila a las tres chicas que vivimos solas en la misma planta.
A la vuelta del trabajo me encuentro con José y la primavera instalada en la calle. El aire se llena de risas y esquivos de pelotas. Ahora parece hasta que somos más vecinos, han salido las risas al portal y creo que José ahora se siente más lleno. Parece mirar a los niños deseando cambiar esa inocencia por momentos vividos que desea olvidar y las sonrisas limpias por el hastío de las mañanas. En unos minutos después de entrar en casa, llega él. Me mira por la ventana (creo que ha olvidado que nos acabamos de encontrar) y de manera extremadamente educada me dice: Buenas tardes ¿cómo está usted? ¿Sabe usted que estos cordeles, para tender la ropa, los he puesto yo? Y vuelve a contarme que me los presta, que no me preocupe si los utilizo, que su mujer se marchó al pueblo y lo abandono, que sus hijos no viven en España y que la soledad le pesa más que el alma. Ahora es a mí a la que le traquetea el alma y se le quedan las frases atragantadas en el pecho. Le sonrío y le escucho, como cada día, como hace él conmigo.
Mi OÍDO se quedó enamorado de una ópera en Mykonos, que sólo él creía estar disfrutando. En cambio, fue la VISTA la que almacenó el fondo del atardecer, en diferentes fotogramas. Relajada, como si no quisiera mirar. Contradictoria, al estar detrás del objetivo. El OÍDO no lo recuerda y se lamenta por escuchar a los amores efímeros.
La VISTA tenía planeado jugar al escondite en la caldera de Santorini y disfrutar de la inmensidad cuando se sintiera cómoda para observar. Pero, fue el TACTO quien se trajo, a modo de saco, los recuerdos del viento en soplo de sal.
El TACTO se creía estar disfrutando de los baños de sol y se perdió… en una marea que llegó jugando al azar entre las olas, en el traspié de un baile.
Quizás fue el OLFATO quien sintió apoderarse del disfrute de nuevos olores, pero sólo al GUSTO se le concedió el poder de traerse esos recuerdos. El olfato, es el más olvidadizo y enamorado del corazón, más de una vez se deja llevar. No recuerda lo que olió, pero sí lo que le gustó.
El GUSTO curioseó, disfrutó de nuevos sabores y se trajo el sabor del café.
El Sexto Sentido me pide anclarme a los recuerdos y olvidarme del que llaman “Sentido común”.
Hoy, escribo recuerdos que se me antojan con letra de alta mar y pulso de olas. Balanceando recuerdos entre la brisa que crean estas líneas. Si hubiera podido me hubiera traído las inspiraciones.
Hoy, plasmo antojos. Mis sentidos se aferran a conservar lo vivido, deseando tener la capacidad de almacenar todo lo que sienten. Se me olvida tantas veces que una vez vividos, aunque no los recuerde, vienen conmigo.
Hoy, si vuelvo a olvidarlos, tú me susurras aromas de azahar y cómplices rayos de sol que pasean entre sabores del mediterráneo, por los paisajes del Egeo y en la espuma del sabor del café.
Se entiende por besos de buenos días… Aquellos que se dan cuando todavía se está soñando, mientras los ojos permanecen apagados y los labios se esfuerzan por mantener la forma de piñón.
(Suele ser los besos más tiernos e infantiles, aunque se aconseja tener cuidado con ellos porque algunas mañanas son traviesos*…)
*Asegúrese de conocer el significado de Besos Traviesos
Antes de sentir el frío del día, sobre los pies descalzos, se apodera de mí la pereza y ando en duermevela hasta la cocina…
Dice la receta: calentar los madrugones a fuego lento, esperando que se evaporen las ensoñaciones. Pelar y cortar el frío en finas tiras, trocear los bostezos y añadir el reojo de mirada ante el espejo. Mezclar con 20 gramos de sonrisas en rama y agregar una pizca de sensibilidad.
Tomar una taza con una cucharadita de té de susurros desmenuzados en polvo, recubrir con los madrugones a punto de hervir, agregar dos terrones de mimos o tres gotas de recuerdos de turrón.
Dejar reposar 2 minutos mientras se evapora, entre los dedos, el frío de los pensamientos. Las huellas, se quedan adheridas al calor que desprende la taza. Antes del sorbo inicial, a solas o quizás contigo, me sostengo en el momento presente.
Abandone escuchar mentiras contadas como verdades…abandone las vistas al derrumbe y los huecos que dejan los abrazos vacíos.
Abandone las fisuras de los escondites y las miradas que no son al horizonte.
Abandone los paisajes que son pintados, las ilusiones que producen los sueños…
Abandone los reflejos de secretos, las sonrisas frágiles, las penumbras, las puertas cerradas, las ventanas encajadas, las bocas que no traen aire, los abrazos que no traen fuerza y arrastran penas.
Hay sitios que se antojan esconderse, que se almacenan en las retinas como sombra salada, que se guardan en baúles rojos con la etiqueta: “recuerdos dulces de sabor de azúcar”.
Me propongo volver por aquí… cuando se me olviden todos los baúles que tengo repletos… abrir y escuchar de nuevo, las lecturas al viento, estaré acomodada en esa esquina que hace tu cuerpo y que me prestas cuando necesito calma.
“No he venido a este mundo a cumplir tus expectativas. No has venido a este mundo a cumplir mis expectativas. Yo hago lo que hago. Tú haces lo que haces. Yo soy yo, un ser completo aún con mis carencias. Tú eres tú, un ser completo aún con tus carencias. Si nos encontramos y nos aceptamos, si nos aceptamos y nos respetamos, si somos capaces de no cuestionar nuestras diferencias y de celebrar juntos nuestros misterios, podremos caminar el uno junto al otro; ser mutua, respetuosa y amorosa compañía en nuestro camino. Si eso es posible puede ser maravilloso, si no, no tiene remedio.” (Jorge Bucay)